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Volver a La violación de Lucrecia
La violación de Lucrecia, Tercera parte - William Shakespeare
Tercera parte
Después, salta del lecho donde estaba tendida
y busca una herramienta que pueda darle muerte,
mas la casa no alberga agentes criminales
que abran un largo paso a su respiración, 1040
que se esfuma en su boca ya allí se desvanece,
como el humo del Etna se consume en el aire
o como el que se escapa de un cañón preparado.
«En vano» exclama ella «vivo y en vano busco
algún medio feliz que acabe con mis penas, 1045
temía que el cuchillo de Tarquín me hiriera,
sin embargo, no temo buscar algo que mate.
Cuando tenía miedo era una fiel esposa,
lo que ahora no soy ni ya podré ser nunca.
Tarquino me ha robado la dicha de mi estado. 1050
¡Ahora está perdida mi razón de vivir,
por lo tanto no tengo, ningún miedo a morir!
¡Y si limpia la muerte, la mancha, doy al menos,
galón de más honor a la honra de mi ropa!
Una vida muriente y una viviente infamia, 1055
irremediable ayuda: Después de hurtado el oro
quema el cofre inocente que guarda sus valores.
Bien, mi buen Colatino, nunca conocerás
el sabor corrompido de mi violada honra,
no dañaré tu amor de esta forma injuriosa, 1060
no podría dañarte con falsos juramentos;
el injerto bastardo, no llegará a ser flor,
quien pudrió tu raíz nunca dirá ostentoso
que eres el tierno padre de su malvado fruto.
Ni de ti a de mofarse en su secreta mente, 1065
ni hará alarde de ello entre sus camaradas,
porque debes saber que nunca me he vendido,
sino que fui forzada fuera de tu aposento.
En cuanto a mí, soy dueña, de mi propio destino
y mi pecado nunca me será perdonado, 1070
pagando con mi vida el precio de la ofensa.
No te envenenaré con mi asquerosa infamia,
ni cubriré mi falta con excusas banales,
ni pintaré de negro mi alfombra de pecado,
para ocultar el hecho de esta pérfida noche. 1075
Y aunque yo diga todo, mis ojos son esclusas,
bajando como fuentes del monte hacia los valles,
querrán con sus corrientes purificar mi historia.»
Con esto Filomena, concluye su lamento,
el gorjeo armonioso de su dolor nocturno, 1080
mientras baja la noche con paso lento y triste,
hacia el infierno, cuando: La sonrosada aurora,
a los ojos más bellos que han de tomarla a préstamo,
da luz, mientras Lucrecia, se avergüenza al mirarse,
y quisiera seguir enclaustrada en la noche. 1085
Revela, espía, el día, por cualquier hendidura,
como indicando el sitio donde sentada llora.
En medio de su llanto, exclama: «Ojo de ojos,
que espías mi ventana. Cesa en tu espionaje,
molesta con tus rayos a los que están dormidos, 1090
mas no marques mi frente con tu luz penetrante,
que el día no es culpable de las faltas nocturnas.»
Así, en loca disputa con todo lo que mira:
El dolor como un niño es chinche y caprichoso
y cuando quiere algo con nada se conforma, 1095
los crónicos dolores, no los que son recientes,
el tiempo los mitiga, mas lo recientes, bravos,
cual nadador novel, que siempre se zambulle,
se ahoga por su exceso y falta de costumbre.
De este modo, Lucrecia, sumergida en su mar, 1100
emprende una disputa con todo lo que observa
y todo mal, compara, con su propio dolor,
sin que nada remedie la fuerza de su ira.
Si uno desaparece el nuevo le remplaza:
A veces su dolor no encuentra las palabras 1105
y otras veces airado da un mitin excesivo.
Los pájaros que entonan su gozo matinal,
exasperan su llanto con su dulce cantar,
pues hiere el regocijo al alma atormentada.
Los espíritus tristes, mueren con la alegría 1110
y el dolor sólo quiere dolor de compañía,
que el pesar verdadero halla un buen alimento,
cuando al fin simpatiza con un dolor gemelo.
«Es doble muerte ahogarse, cuando se ve la playa.
Mil veces más ayuno mirando el alimento. 1115
Ver el remedio hace la herida más doliente.
Sufre más una pena, si el alivio la mira.
Loa dolores profundos son pausada corriente,
mas si encuentran obstáculos desbordan sus riberas.
La desgracia exaltada no tiene ley ni límite. 1120
¡Oh, pájaros burlones! ¡Sepultad vuestros trinos,
en la gruta latiente del emplumado pecho
y para mis oídos ser sordos y ser mudos,
mi angustia intermitente, no desea intervalos,
una anfitriona triste no soporta sus fiestas; 1125
deleitad con los trinos los oídos que gozan,
que la melancolía es acorde del llanto.
Ven, Filomena, tú, que cantas violación,
construye tu enramada en mi revuelto pelo,
como la tierra húmeda solloza ante su agobio, 1130
así, en el triste acorde, yo, verteré una lágrima.
Sostendré el diapasón con mis hondos gemidos
y diré en mi cantar el nombre de Tarquino,
mientras que tú, maestra, dirás el de Tereo.
Contra una aguda espina, tú cantarás tu parte, 1135
por mantener más vivos tus inmensos dolores.
Trataré de imitarte. Contra mi corazón,
yo me pondré un puñal, para asustar mis ojos,
así, si pestañean, caerán y morirán.
Estos medios cual trastes, afinaran las cuerdas 1140
de nuestros corazones, para el dolor real.
Y tú, pájaro pobre, que no trinas de día,
temeroso de que otros te oigan y contemplen,
buscaremos un sitios aislado del camino,
que no conoce el hielo ni el ardiente calor, 1145
y allí le enseñaremos a las bestias feroces,
las tonadas que cambien su fiel naturaleza.
Si el hombre es una bestia, que ellas lleven su alma.»
Como el pobre venado que asustado contempla,
con su instinto, el camino, por donde debe huir, 1150
o como quien se pierde en medio de la selva
y no pueden sus medios encontrar la salida,
así, Lucrecia, tiene, con ella este debate.
dudando si es mejor la vida que la muerte
cuando es tan vil la vida y la muerte deshonra. 1155
«¿Matarme?» dice ella, «mas esto no sería,
sino contaminar con mi cuerpo mi alma?
Quien pierde algo, soporta, con paciencia su pérdida,
mientras quien pierde todo la confusión le traga.
Actúa cruel la madre que teniendo dos niños, 1160
si la muerte le quita a uno de los dos,
quiere matar al otro por no criar ninguno.
¿Cuál era más querido de mi cuerpo o mi alma,
cuando el uno era puro y el otro era divino?
¿El amor de cual de ellos yo sentía más cerca 1165
si ambos los guardaba para el cielo y mi esposo?
Cuando al pino se arranca su arrugada corteza
sus hojas se marchitan y se pierde su savia.
Lo mismo está mi alma por robar su corteza.
Saqueada su casa, su inquietud alterada, 1170
su mansión abatida por el reptil rival,
su templo profanado, manchado y saqueado,
desvergonzadamente cubierto por la infamia:
que no se diga nunca que es impío, si hago
en esta fortaleza un agujero nuevo, 1175
por donde pueda salir mi atormentada alma.
Mas antes de morir, hablaré con mi esposo,
para darle razones de mi imprevista muerte,
y que en mi triste hora, al oírme me jure,
venganza en el villano que detuvo mi aliento. 1180
Legaré al vil Tarquino mi sangre corrompida
que al ver a su verdugo, le arrancará las venas
y con ella el legado escribiré cual deuda.
Mi honor lo legaré al piadoso puñal,
que hiera el deshonrado cuerpo que me atormenta 1185
que es honroso acabar con mi propia deshonra.
Morirá la deshonra y el honor vivirá,
así, de las cenizas de mi propia vergüenza,
se engendrará mi fama, matando al menosprecio
y muerta mi venganza, renacerá mi honor. 1190
¡Oh querido señor! De la joya perdida,
de la valiosa joya ¿qué puedo a ti legarte?
Mi conclusión, amor, será tu ostentación
por cuyo ejemplo debes, ejecutar venganza.
Aprende en mí del trato que has de dar a Tarquino. 1195
Yo, tu amiga, al matarme, mato en mí a tu enemiga
y tú debes tratar igual al vil Tarquino.
Ese breve resumen cumple mi voluntad:
Sea mi alma y cuerpo del cielo y de la tierra,
toma tú, esposo mío, mi gran resolución; 1200
mi honor será el puñal que cause mi herida.
Mi vergüenza de aquel que me causo el oprobio
y todo lo que viva, de mi gloria ha de darse,
a todos los que viven y me siguen honrando.
Velarás, Colatino, mi postrer voluntad 1205
¡y verás como fui por sorpresa entregada!
Mi sangre lavará de mí toda calumnia
y al final de mi vida me dará la pureza.
No temas, corazón, y di: "llévese a cabo"
sométete a mi mano y esta te vencerá 1210
y una vez los dos muertos seremos victoriosos.»
Cuando este plan de muerte se pacta y se ha fijado
se enjuga de sus ojos unas perlas saladas,
con destemplada voz llama a su fiel criada,
que en ágil obediencia rauda acude a su lado, 1215
que el deber tiene alas y pluma el pensamiento.
La cara de Lucrecia, es para la criada,
como un prado de invierno derritiendo su nieve.
Formal le da a su dama un claro «buenos días»
con voz leve y calmada propia de su modestia 1220
y adopta una tristeza que acompaña el dolor,
de su propia señora, cuya cara se viste
de pesar, mas no osa, preguntar a su dueña,
porqué se han eclipsado los ojos de su cara
ni porqué sus mejillas son ríos de dolor. 1225
Y así, como la tierra, llora al ponerse el sol
y la flor se humedece con un ojo turbado,
comienza la doncella a mojar con sus lágrimas,
sus irritados ojos, llenos de simpatía,
de los soles que ha puesto el cielo en su señora, 1230
los cuales apagados, se extienden por el mar,
esto le hace llorar como una noche húmeda.
Por un breve momento permanecen las dos,
cual puentes marfileños, que llenaran cisternas
de coral. Una llora en justicia y la otra 1235
con su llanto acompaña el dolor de su dueña,
que ambas son de ese sexo que el llanto necesita.
Intuitivas se afligen de ajenas aflicciones
y se inundan sus ojos o el corazón se rompe.
Tiene el hombre, de mármol el alma y la mujer 1240
de cera y se modulan, tal como el mármol quiere
débiles, oprimidas, reciben la impresión
por fuerza o por engaño, o por la habilidad.
No se las llame entonces, autoras de su mal,
que, no hay malignidad, en la cera estampada, 1245
con la cara y figura del propio Satanás.
Su suavidad parece una verde campiña,
abierta al más humilde gusano que se arrastre,
en los hombres se ocultan como en la espesa selva,
vicios que están durmiendo en lúgubres cavernas. 1250
A través de un aumento, un punto se hace un globo,
el hombre disimula con su gesto sus crímenes
y el rostro femenino es libro de sus faltas.
Que nadie se rebele contra la flor marchita,
sí, contra el crudo invierno que maltrata la flor. 1255
Aquello que devora, nunca lo devorado,
merece ser culpable. ¡nadie acuse las faltas
de la infeliz mujer cuando esta es deshonrada
por el viril abuso! Esos reos culpables
que hacen del seso débil esclavas de su ofensa. 1260
Precedente es el caso de la infeliz Lucrecia,
asaltada en la noche por viles amenazas,
de una inmediata muerte y de que esta vergüenza
traería a su esposo un daño irreparable.
Estos peligros crean su propia resistencia, 1265
cuando un miedo mortal le invadió todo el cuerpo.
¿Quién no puede abusar de un cuerpo recién muerto?
La benigna paciencia hace hablar a Lucrecia,
marchando hacia la humilde que imita su dolor:
«Hija mía» ella exclama «¿por qué viertes tus lágrimas, 1270
que caen como la lluvia por tus blancas mejillas?
Si tu llanto es por este dolor que me compete,
sabe, gentil doncella, que no ayuda a mi enfado,
pues si ayudara el llanto, bien me habría hecho el mío.
Pero dime, muchacha, ¿cuándo partió de aquí 1275
-y aquí lanza un suspiro- el príncipe Tarquino?»
«Antes de levantarme» responde la criada.
«Mi indolente pereza es también reprobable,
sin embargo, bien puedo, disculpar esta falta,
diciendo que salí antes de amanecer 1280
y antes de levantarme ya no estaba Tarquino.
Mas, señora, si dejas a vuestra fiel criada
implicarse y saber de vuestra pesadumbre...»
«¡Calla!» exclama Lucrecia. «Si la pongo al corriente
de mi historia, con ello, no rebajo mi pena, 1285
que es más grande y extensa que todas las palabras,
que esta honda tortura puede llamarse infierno,
cuando no hay oraciones que mi dolor describan.
Traerme, aquí al tormento, papel, tintero y pluma,
mas, olvida el encargo, que tengo aquí de todo 1290
¿Qué quería decir? Al siervo de mi esposo
dile que se disponga su inmediata salida
y que lleve esta carta a mi dueño y señor.
Ordena que la lleve con ágil prontitud.
La carta lo requiere y pronto estará escrita.» 1295
Al partir la doncella se dispone a escribir,
al comienzo dudando su pluma en el papel.
El honor y el orgullo riñen en fuera lid.
Lo escrito con razón, la reflexión lo borra;
demasiada finura, esto es cruel y brutal; 1300
cual una muchedumbre en la cruz de salida
duda su pensamiento quien ha de ser primero.
Por fin comienza y pone: «Digno y magno señor,
de esta indigna mujer que te quiere y saluda.
¡Qué Dios esté contigo! Concédeme el favor, 1305
amor, si quieres ver, a tu amada Lucrecia,
de ponerte en camino para venir a verme.
Así, a ti me encomiendo, desde tu casa en duelo,
que mi dolor es grande y mis palabras breves.»
Después dobla el mensaje de su inmenso dolor, 1310
insegura expresión de su dolor real.
Por el breve resumen, Colatino, sabrá,
su pena, pero nunca, su verdadero alcance.
Ella no se ha atrevido a revelar su infamia,
para que a él no le alcance lo grave de su falta, 1315
antes de que su sangre lave su propio honor.
La vida y la energía de su exasperación,
ella va almacenando para cuando él la escuche,
cuando con sus lamentos, quiere adornar la gracia,
de su propia desgracia y así poder limpiarla, 1320
de sospechas que el mundo abrigue sobre ella.
Para evitar la mancha, no emborrona el papel,
hasta que con palabras busque su comprensión.
Ver una triste escena, conmueve más que oírla,
pues el ojo interpreta a sus propios oídos, 1325
la triste pesadumbre que con su luz observa..
Cuando cada sentido responde de su parte,
el oído no escucha del dolor más que parte.
Poco ruido hace el agua que corre por el vado
y el discurso, El daño, levanta tempestades. 1330
Una vez que ha sellado su carta en ella escribe:
«Con la mayor urgencia. A mi señor. Ardea.»
Llegado el mensajero le entrega la misiva,
ordenándole al mozo que se apresure tanto,
como el ave tardía cuando presiente el Norte, 1335
mas esta rapidez aun le parece lenta.
Las acciones extremas son siempre radicales.
El rústico cliente se inclina ante su dueña,
ruboroso y cortés y con sus ojos fijos,
recibe la misiva sin decir sí, ni no, 1340
y parte a toda prisa con su ingenua inocencia.
Mas aquellos que ocultan en su pecho una falta,
imaginan que advierte cada ojo su mancha,
por esto, ella imagina, el rubor del sirviente.
Cuando ¡cándido siervo! Más lo sabe, se turba 1345
por falta de entereza y audacia temeraria;
semejantes criaturas mantienen un respeto,
que hablan bien de sus actos. Otros son descarados
que prometen la prisa y luego se demoran.
Modelo de carácter de virtudes pasadas, 1350
al siervo contrataban por su honesta mirada.
Su instinto del deber enciende su recelo,
lo cual en rojo fuego enciende sus miradas,
ella piensa que el mozo, sabe lo de Tarquino,
y ansiosamente observa sus enrojecimientos. 1355
Mas su honesta mirada, más aun la confunde.
Cuanto más presentía la sangre en sus mejillas,
tanto más sospechaba de que él sabe su falta.
Queda un tiempo, Lucrecia, esperando el retorno
y sin embargo, el siervo, acaba de alejarse. 1360
El fatigoso tiempo, no sabe entretener,
pues agotó su llanto, sollozos y suspiros.
El dolor se consume y el gemido descansa,
así, poquito a poca, aplaca sus querellas,
buscando un nuevo medio de desesperación. 1365
Le viene a la memoria un lugar donde cuelga,
un cuadro que es la estampa de la Troya de Príamo.
Frente a ella, pintada, el poder de la Grecia,
destruye la ciudad por el rapto de Helena
y amenaza su enojo a la orgullosa Ilión. 1370
El pintor representa a una ciudad que altiva,
ve como hasta los cielos besan sus nobles torres.
A mil dolientes cosas, el arte, desdeñando
la fiel Naturaleza, le dio una inerte vida.
Mas de una gota seca representa una lágrima, 1375
vertida por la esposa sobre el marido muerto.
Humeaba la sangre, por afán del pintor,
y e ojo de los muertos con su luz cenicienta,
eran como carbones en la noche monótona.
De verlo, hubierais visto, al labrador primero 1380
bañado en su sudor y cubierto de polvo
y en las torres de Troya, también aparecían
los ojos de los hombres, vivos, por las troneras,
contemplando a los griegos con escaso deseo.
Tal arte se veía en esta bella obra, 1385
que aun de lejos se observa la tristeza en los ojos.
Se veía en los jefes su porte y majestad.
Podríais ver triunfantes sus rostros vencedores,
en los ágiles jóvenes sus gestos y destreza,
mientras aquí y allí el pintor insertaba 1390
los pálidos cobardes con paso vacilante.
A rudos campesinos, tanto se asemejaban,
que uno jura al mirarlos verles estremecer.
Entre Ajas y el Ulises, ¡oh!,cuánta exactitud,
de rasgos y carácter podían apreciarse. 1395
Ambos rostros revelan la expresión de sus almas
y sus rostros perfectos la magnitud del ser.
En los ojos de Ajax, el rigor y al ira
y en la suave mirada, de Ulises, el tranquilo
domino de sí mismo y gran observación. 1400
También el grave Néstor, arengando a su tropa
e incitando a los griegos al fragor del combate,
con sus graves y sobrios ademanes de mano,
que encantaba la vista llamando la atención.
Al hablar se observaba su barba plateada, 1405
ir arriba y abajo, mientras que de sus labios,
su aliento en espiral subía hacia la altura.
En torno suyo había mil rostros boquiabiertos,
que devorar parecen su sensato consejo.
Tal atención prestaban con sus variados gestos 1410
cual si alguna sirena su oído sedujera.
Eran altos y bajos y el pintor fue tan hábil,
que las testas de muchos parecían dispuestas
a saltar aun más alto, burlando al que los mira.
Aquí una mano de hombre en la cabeza de otro, 1415
en sombras su nariz por causa del vecino,
aquí, otro, apretujado, retrocediendo rojo,
otro que casi ahogado expresa sus enojos
y en sus cóleras muestran tales signos de ira,
que si a perder no fueran, las palabras de Néstor, 1420
con airadas espadas en lid se enzarzarían.
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